Canta ¡oh diosa! la cólera del verbo inerte; cólera funesta que causó infinitos males y precipitó al Hades innumerables almas valerosas. En este infierno encontramos el pánico y el coraje de refugiarnos bajo la falda de Hela, nuestra locura vio en ella el reflejo de Helena. Esto te entregamos a ti, curiosidad insaciable: otro plato vacío; el Libro de las Mentiras.
Parpadea Ra's al-ghū, la diamante fortuna del desafortunado: la prosa es veneno. Se extiende sobre las aguas y finge ser su especular, se muestra en diez mil formas y se debate en si misma a una frecuencia hipnótica y fetal. En su arrullo se alza la masa eufórica e ilusiona inspiración. La testaruda búsqueda del santo grial en la forma.
Lancelot fue más astuto.
Hekas. Despiertas del sueño al sueño y no hay diferencia. El cosquilleo insustancial se va antes de que puedas reconocerlo. Te deslizas fuera de la cama a una arquitectura hiperbólica. Estas en el mismo cuarto donde transcurrió toda tu vida. Te ves a ti mismo y no puedes ver tu cara, pero la ves y la has visto toda tu vida. Es la cara de tu madre y de la madre de su madre; del dolor, la sangre y la risa satisfactoria que te trajo al mundo. Es la cara de tu amante y sus amantes, de tu enemigo y sus enemigos, del fugaz extraño y el insistente conocido; Es la cara de un compasivo Deva y de un poderoso y terrible Asura.
En forma de cabellos tu karma se va por el sumidero y por una fracción de segundo eres eternamente nuevo; una tímida virgen con el todopoderoso guiño de una prostituta. El asesino primordial, la carcajada eterna del universo; la misma emoción de la risa. Eres OM-AH-HUM y AIN-SOPH-AUR. Pero el bombillo parpadea como si fuera el mismo Algol y el tiempo te traiciona. Te ves al espejo y ves tu cara, pero no la ves, aunque la has visto toda tu vida. Despiertas del sueño al sueño, y no hay diferencia.
Zisurru. El nagual esta posado sobre el viejo amplificador que sirve de cabecera a la cama. Inmutable, proyecta su sombra sobre mí en el silencio estoico de un buddha en su samadhi. Intento aclarar la garganta de esta flema. Él se sacude y el mundo se sacude. Me muestra la flema del mundo, flema que es luz condensada en un océano que nunca podrá aclarar su garganta. Un océano que se bate contra los postes invisibles de la ciudad. Un océano que nunca frena.
Esta ciudad, es la ciudad detrás de la ciudad. Es la metrópolis ausente que se alza en la esquina de tu ojo, como la presencia tímida que corre a esconderse cuando estás solo y volteas. Es la polis secreta a la que se accede con la periferia que otorga llevar dos monedas de plata como lentes. Tu pulgar como tu ojo, eres sensación pura y pensamiento en visión. Entonces como si fuera el estreno de los ritos de primavera de Stravinsky, un disturbio dará comienzo: la mitosis infinita del ser en un carnaval de neón trascendental que se forma y transforma en la ciudad viva. Se revela el esqueleto de acero incandescente que vibra incansable como una campana tibetana aplastando la tierra. Los monolitos de las plazas mnemónicas donde se reúnen los viejos a jugar ajedrez con ángeles enochianos. La risa de Loki poseyendo a los niños en los parques. La belle dame sans merci que atrae al incauto caballero al callejón y lo roba por siempre. El olor a sándalo y almizcle de los cultos sacros que se dan en dudosos burdeles. Las Gopis cautivadoras que bailan con los hare krishnas en el metro. El Siddha espectral que acompaña al honesto vagabundo y el vampiro asesino que consume a su compañero. Los aglutinamientos de demonios que se pliegan entre las grietas de las casas de crack. La neurótica sinapsis mercurial de la calles corriendo apresuradamente unas contra otra, Papa Legba en cada cruce. Las banshees gritando su augurio en los frenos de un carro. La ciudad viva y palpitante que estremece espantosa. La Otra Ciudad.
Abhicarika. El nagual me ve con sus ojos almendrados y entro en su sombra. Comienzas con una delgada línea de harina y pronto tendrás que apilar sacos en tu trinchera circular. Delimito mi espacio para poder separarme de ti, te llamo dentro de un triangulo y me hablas con miel, me ofreces el paraíso, me muestras el infierno. Te llamo por todos los nombres, te veo en todas las formas. Luche contigo todo el día y seducido deje que entraras al Círculo durante la noche –hermoso, horrible- lo único que se agitaba contra mi circulo eran los desesperados fantasmas de mis creencias y como polvo volvieron a la tierra. Te vi y me vi a mi mismo, y no pude ver mi cara, pero la vi y la he visto toda mi vida.
Parpadea Ra's al-ghū, la diamante fortuna del desafortunado: la prosa es veneno. Se extiende sobre las aguas y finge ser su especular, se muestra en diez mil formas y se debate en si misma a una frecuencia hipnótica y fetal. En su arrullo se alza la masa eufórica e ilusiona inspiración. La testaruda búsqueda del santo grial en la forma.
Lancelot fue más astuto.
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Hekas. Despiertas del sueño al sueño y no hay diferencia. El cosquilleo insustancial se va antes de que puedas reconocerlo. Te deslizas fuera de la cama a una arquitectura hiperbólica. Estas en el mismo cuarto donde transcurrió toda tu vida. Te ves a ti mismo y no puedes ver tu cara, pero la ves y la has visto toda tu vida. Es la cara de tu madre y de la madre de su madre; del dolor, la sangre y la risa satisfactoria que te trajo al mundo. Es la cara de tu amante y sus amantes, de tu enemigo y sus enemigos, del fugaz extraño y el insistente conocido; Es la cara de un compasivo Deva y de un poderoso y terrible Asura.
En forma de cabellos tu karma se va por el sumidero y por una fracción de segundo eres eternamente nuevo; una tímida virgen con el todopoderoso guiño de una prostituta. El asesino primordial, la carcajada eterna del universo; la misma emoción de la risa. Eres OM-AH-HUM y AIN-SOPH-AUR. Pero el bombillo parpadea como si fuera el mismo Algol y el tiempo te traiciona. Te ves al espejo y ves tu cara, pero no la ves, aunque la has visto toda tu vida. Despiertas del sueño al sueño, y no hay diferencia.
Zisurru. El nagual esta posado sobre el viejo amplificador que sirve de cabecera a la cama. Inmutable, proyecta su sombra sobre mí en el silencio estoico de un buddha en su samadhi. Intento aclarar la garganta de esta flema. Él se sacude y el mundo se sacude. Me muestra la flema del mundo, flema que es luz condensada en un océano que nunca podrá aclarar su garganta. Un océano que se bate contra los postes invisibles de la ciudad. Un océano que nunca frena.
Esta ciudad, es la ciudad detrás de la ciudad. Es la metrópolis ausente que se alza en la esquina de tu ojo, como la presencia tímida que corre a esconderse cuando estás solo y volteas. Es la polis secreta a la que se accede con la periferia que otorga llevar dos monedas de plata como lentes. Tu pulgar como tu ojo, eres sensación pura y pensamiento en visión. Entonces como si fuera el estreno de los ritos de primavera de Stravinsky, un disturbio dará comienzo: la mitosis infinita del ser en un carnaval de neón trascendental que se forma y transforma en la ciudad viva. Se revela el esqueleto de acero incandescente que vibra incansable como una campana tibetana aplastando la tierra. Los monolitos de las plazas mnemónicas donde se reúnen los viejos a jugar ajedrez con ángeles enochianos. La risa de Loki poseyendo a los niños en los parques. La belle dame sans merci que atrae al incauto caballero al callejón y lo roba por siempre. El olor a sándalo y almizcle de los cultos sacros que se dan en dudosos burdeles. Las Gopis cautivadoras que bailan con los hare krishnas en el metro. El Siddha espectral que acompaña al honesto vagabundo y el vampiro asesino que consume a su compañero. Los aglutinamientos de demonios que se pliegan entre las grietas de las casas de crack. La neurótica sinapsis mercurial de la calles corriendo apresuradamente unas contra otra, Papa Legba en cada cruce. Las banshees gritando su augurio en los frenos de un carro. La ciudad viva y palpitante que estremece espantosa. La Otra Ciudad.
Abhicarika. El nagual me ve con sus ojos almendrados y entro en su sombra. Comienzas con una delgada línea de harina y pronto tendrás que apilar sacos en tu trinchera circular. Delimito mi espacio para poder separarme de ti, te llamo dentro de un triangulo y me hablas con miel, me ofreces el paraíso, me muestras el infierno. Te llamo por todos los nombres, te veo en todas las formas. Luche contigo todo el día y seducido deje que entraras al Círculo durante la noche –hermoso, horrible- lo único que se agitaba contra mi circulo eran los desesperados fantasmas de mis creencias y como polvo volvieron a la tierra. Te vi y me vi a mi mismo, y no pude ver mi cara, pero la vi y la he visto toda mi vida.

